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2 dic. 2012

Reportaje con Marcelo Torres, Principal dirigente del Movimiento Estudiantil de Colombia en 1971

Movimiento Estudiantil 1971
Movimiento Estudiantil 1971
Revista Teorema (RT)

Resulta difícil señalar acontecimiento más controvertido en la historia de la universidad colombiana que el movimiento estudiantil de 1.971. Tal vez no se encuentre hasta hoy tramo de las luchas del estudiantado que suscite al mismo tiempo tan resueltas adhesiones y simpatías, por un lado, ni tan vitriólicos dicterios y condenas del otro. En el conflicto del 71 todos los partidos y fuerzas políticas del país, de una u otra forma, exteriorizaron su juicio sobre la universidad y la sociedad colombianas, abrazaron una de las posiciones en la lid entablada y mostraron su verdadera naturaleza en los momentos críticos de aquella. Por todo ello, a los diez años de aquellos hechos, TEOREMA ha entrevistado a Marcelo Torres, actualmente miembro de la dirección nacional del MOIR y quien fuera uno de los dirigentes del movimiento del 71.

RT: ¿ Qué causas originaron el movimiento estudiantil del 71?
Marcelo Torres (MT): Sin duda, el conjunto de problemas que aquejaban entonces al sistema universitario colombiano. Al comenzar el año de 1.971, en las universidades campeaba una manifiesta inconformidad. El aspecto principal residía en que estudiantes y profesores padecían el acentuado despotismo de los consejos superiores universitarios. A las universidades oficiales el déficit presupuestal crónico las mantenía al borde de la parálisis, mientras que las privadas proliferaban como nunca. En todas era ostensible que la poca investigación efectuada se hacía por cuenta y bajo los patrones de entidades extranjeras, casi siempre norteamericanas; la situación había exacerbado los ánimos del estudiantado. Lo anterior no ocurría al azar. Era el producto de la reorganización de todo el sistema educacional colombiano, de arriba abajo puesto en marcha por los gobiernos frentenacionalistas durante los años sesenta. La posguerra había traído la primacía yanqui sobre casi todo el planeta; por lo demás, ésta era ya vieja en el país. Sólo que ahora se hizo más completa profunda, abarcando todas las esferas de la vida social. Para Colombia, como para la casi totalidad de naciones de América Latina, la nueva era de neocolonialismo norteamericano significó, entre otras cosas, planes económicos, elevación del Estado al rango de primera potencia económica y, sobre todo, crecientes inversiones foráneas en la industria. Un tal Rudolph Atcon, autor de un "plan" que lleva su nombre sistematizó los ajustes del momento requeridos por la dominación norteamericana en el terreno educacional. Así, el Plan Básico para la educación superior en Colombia tradujo en leyes y decretos la reorganización de su sistema educativo y fijó las pautas para el contenido de la enseñanza. En esencia, el Plan no era más que el reforzamiento del gobierno antidemocrático en las universidades, la implantación de un régimen disciplinario contra estudiantes y profesores, el resuelto impulso a la educación privada al tiempo que se debilitaba la universidad pública, la adopción de reformas organizativas y académicas modernas y el control absoluto del gobierno sobre el contenido de los programas. Era la supresión definitiva de la autonomía universitaria.
RT: ¿ Lo que acaba de enumerar no entraña cierta contradicción ?
MT: En efecto. La reorganización de la universidad y de la educación reflejaba, en algún grado, los cambios de la base material del país a raíz de las nuevas y crecientes inversiones extranjeras principalmente controladas por los Estados Unidos; el fenómeno acentuó el desarrollo de un capitalismo de Estado agigantado. Todo ello terminó por introducir modificaciones en las aulas. El antiguo orden universitario se convirtió en la organización por departamentos y áreas, el sistema de créditos, los seminarios de investigación y los nuevos métodos de evaluación de los conocimientos; las carreras universitarias se diversificaron. En la medida en que traducían las nuevas transformaciones del país, los cambios configuraban un sistema más avanzado en comparación con la rancia estructura de las facultades que compartimentaban y limitaban el saber. Creo que muy pocos negarán que fue un progreso el que, el bachillerato de antaño, con sus aburridos sermones del padre Faría y su orientación eminentemente escolástica fuera modificado por la orientación de capacitar a los jóvenes para desempeñar tareas en las distintas actividades productivas. Marx decía que en los politécnicos estaba el "germen de la educación del porvenir". Pero, en violento contraste con las reformas modernizantes, la vieja autoridad del Estado, la más reciente de los grandes negocios y la multisecular de sotana fue reforzada en dirección de las universidades. En una palabra, la modernización no fue acompañada por la democracia para los universitarios, sino por el más odioso despotismo. Tanto más cuanto que las mencionadas reformas, los planes y programas académicos, la investigación y la antigua estructura de poder fueron adoptadas, realizadas o mantenidas bajo el dictado imperialista norteamericano, es decir, todo ello no sólo era antidemocrático sino también antinacional; lejos de poder parangonarse en cuanto a nivel científico las universidades, colombianas con las del Viejo Mundo y las norteamericanas, se hizo norma que la asimilación de los avances de la ciencia mundial se efectuara en nuestro medio con cuentagotas porque así convenía a los intereses estadinenses. Sobra decir que todo se hizo con la connivencia de los gobiernos liberal -conservadores de Colombia. Tal estado de cosas tenía que necesariamente conducir a la crisis de la universidad. A ello contribuyó el recrudecimiento de la lucha antiimperialista en toda América Latina y las batallas libradas en el país especialmente por obreros y campesinos en defensa de sus intereses. Atcon había advertido: "Si hay un poder estudiantil real, un solo estudiante solitario en el consejo de la universidad puede volver completamente inoperante el augusto cuerpo . . . es como tener un espía enemigo en una reunión del estado mayor". Pues bien, el movimiento del 71 logró más que eso: hizo añicos al "augusto cuerpo".
RT: ¿Puede hacer un recuento del desarrollo de los acontecimientos ?
MT: Desde luego. Todo empezó por el rechazo de los estudiantes de la Universidad del Valle al control ejercido sobre ésta por una entidad privada y por su exigencia de que el nombramiento del decano de una de sus facultades se hiciera en forma democrática. Ya a fines de 1.970 los estudiantes de la Universidad de Antioquía habían impugnado toda la estructura de poder de la institución y exigido la constitución de un gobierno democrático de profesores y estudiantes en remplazo del viejo consejo superior universitario. Pero el 26 de febrero de 1.971 el gobierno de Pastrana Borrero perpetró una espantosa carnicería contra el estudiantado y el pueblo de Cali y ese mismo día decretó el estado de sitio. Estaba anunciado un paro nacional obrero para el 8 de marzo; una oleada de invasiones campesinas sobre las tierras ociosas de los terratenientes avanzaba de norte a sur; un paro nacional de maestros se realizaba y un vigoroso movimiento estudiantil estaba en marcha. En tales condiciones resulta claro que la orden oficial de fuego contra los estudiantes y las masas caleñas debió estar decisivamente influida por el temor del gobierno de que todos estos movimientos juntaran sus fuerzas; fue voluntad del presidente Pastrana conjurar esa posibilidad mediante el terror. Lo que en la lógica de la tiranía de turno debía jugar el papel de escarmiento ejemplar, se convirtió en punto de partida de uno de los más memorables movimientos del estudiantado colombiano. No obstante que las balas oficiales cobraron alrededor de cincuenta víctimas en Cali, entre ellos el estudiante Edgar Mejía Vargas, las movilizaciones estudiantiles inundaron las calles de las principales ciudades y poblaciones del país pese a la violenta represión gubernamental. A partir del 16 de abril, fecha en que el ejército ocupó la Universidad Nacional, hasta mediados de junio, el gobierno incorporó en su haber la triste hazaña de ordenar el cierre de unas treinta universidades, acribillar a tiros varios manifestantes y encarcelar centenares y aún millares de estudiantes. La política del sable fue combinada con la demagogia; el ministro de educación e inclusive el mismo Pastrana Borrero anunciaron una pronta reforma universitaria y ordenaron la constitución de una tropilla de escribientes que la redactase a marchas forzadas, a espaldas de la comunidad universitaria. Nada de esto dio resultados; lejos de amainar, el motín arreció. El estudiantado desencadenó con ímpetu nunca visto su combatividad y su desprecio por el poderío enemigo. Intentar paralizar el movimiento fue para el gobierno, a pesar de que empleó todos los instrumentos de poder, una empresa tan vana como querer contener con las manos un torrente desbordado. Tan espléndida erupción de energía revolucionaria de la fuerza vital de la nación, su juventud, despertó las simpatías y el respaldo de lo más avanzado y consecuente de Colombia. El sindicalismo independiente apoyó resueltamente la rebeldía de los universitarios. La intelectualidad progresista saludó entusiasta la insurgencia juvenil que tan valerosamente desafiaba la ira de los opresores. Sólo las minorías retrógradas, todo lo podrido y desueto del país, clamaban furibundas por los peores castigos para los insubordinados y la subversión. Aliado natural en toda la batalla, el estudiantado de secundaria se destacó no sólo en los enfrentamientos callejeros de los grandes centros urbanos sino hasta en las poblaciones donde no había universidades; allí, sus beligerantes destacamentos constituyeron la prolongación natural de la lucha. Fuerzas hasta entonces vacilantes, como las del profesorado universitario, fueron en muchas partes arrastradas al combate, hicieron pronunciamientos apoyándolo y cumplieron importantes tareas. Los rectores, agrupados en un consejo nacional, atrapados entre las reconvenciones del gobierno y la marea del tumulto que les llegaba al cuello en sus universidades, se pronunciaron a finales de abril contra la represión oficial y el decreto que establecía drásticas penas para los estudiantes. Tan protuberante se volvió el conflicto, que los medios masivos de comunicación, oficiales y semioficiales, no tuvieron más remedio que reflejarlo a su manera. La gran prensa prorrumpió en ayes y lucubraciones quejumbrosas para descifrar lo que la represión armada no había podido detener. Se habló de la "crisis" en que se debatía la universidad colombiana. Toda suerte de sandeces fueron aducidas para explicarla y un sartal de emplastos invocado para remediarla. El resultado, pese a todo, fue el de colocar el problema universitario en el centro de la atención pública del país. Lo cierto era que el movimiento había ganado una audiencia nacional, indudablemente favorable. En general, muy resumido, este fue el primer tramo de lucha.
RT: ¿Cuáles fueron los objetivos del movimiento?
MT: Lo que se denominó el "programa mínimo". Fue aprobado por el segundo de los varios encuentros nacionales de estudiantes realizados aquel año, efectuado en Bogotá a mediados de marzo. Comprendía el conjunto de las reivindicaciones claves de estudiantes y profesores en la universidad. En realidad constituye las bases de una reforma democrática de la misma. Su primero y más importante punto exigía la abolición de los viejos consejos superiores universitarios y su reemplazo por nuevos organismos de gobierno en los cuajes quedaba eliminada toda participación de los sectores privados extrauniversitarios y de la curia; tres estudiantes y tres profesores, en cambio, constituirían las dos terceras parte de la totalidad de sus integrantes. La importancia de tal reivindicación estriba en que lo fundamental de la democracia en la enseñanza, la libertad de cátedra y de investigación, es letra muerta mientras que los sectores mayoritarios de la universidad no la gobiernen. Se planteaba, asimismo, que los representantes del estudiantado y del profesorado fuesen elegidos democráticamente, lo mismo que el resto de las autoridades universitarias (decanos, directores, etc.,). Otros puntos demandaban que el gobierno cubriese el déficit de las universidades, congelara las matrículas y asignase, como mínimo, el 15% del presupuesto de educación para la Universidad Nacional. Lugar destacado ocupaba la financiación estatal de toda la educación superior, la supresión del ICFES, el desarrollo de la investigación científica al servicio de la nación y la revisión de todos los contratos de las universidades con entidades extranjeras. De modo categórico se incluía el derecho de los estudiantes, tanto universitarios como de secundaria, a conformar organizaciones gremiales autónomas. Por último, como objetivos particulares;el retiro del rector de la Universidad del Valle, Ocampo Londoño, y de la entidad privada que controlaba dicha universidad, así como la reapertura de la facultad de sociología de la Javeriana. El programa mínimo del 71, en la medida en que está dirigido contra la injerencia imperialista norteamericana en la educación, en que repudia el régimen despótico impuesto en ella por los gobiernos liberal-conservadores y las fuerzas más retardatarias de nuestra sociedad, y, en tanto persigue transformaciones democráticas sustanciales de la vida universitaria, mantiene toda su vigencia como programa de lucha del estudiantado colombiano.
RT:¿ De quiénes partió la idea de proponer el "programa mínimo" como objetivo de la lucha?
MT: El "programa mínimo" era un reflejo de la crítica situación del sistema universitario en su conjunto y de la posición revolucionaria con que había que afrontarla. En un principio todos los grupos políticos que participaban en el organismo de dirección nacional del movimiento lo aprobaron. Pero en cuanto la lucha exigió un mayor grado de consecuencia con los intereses de las masas estudiantiles, la JUCO organización prosoviética, y los trotskistas, prácticamente renegaron del programa. Arguyeron que incluso con la obtención del cogobierno de estudiantes y profesores sería imposible transformar nada en la universidad; en la educación, decían, no pueden ocurrir cambios revolucionarios antes del triunfo de la revolución.
RT: ¿ Pero no planteó usted una tesis similar, en abril del 71, en un discurso ante el consejo nacional de rectores ?
MT: Para la Juventud Patriótica, organización juvenil del MOIR, como para el conjunto del movimiento revolucionario contemporáneo de Colombia la cuestión de si eran o no posibles las transformaciones revolucionarias en la educación y la cultura antes de culminada la revolución, planteada en el curso de un gran movimiento de masas por primera vez, era un problema teórico y práctico nuevo. La mayoría de la izquierda se lanzó por el camino fácil pero errado que llevaba a concluir que tales cambios eran irrealizables. Mi discurso ante el consejo nacional de rectores, aunque contribuyó a la difusión nacional del programa mínimo y a denunciar las tropelías de la soldadesca oficial contra el estudiantado, adoleció de graves limitaciones: repetía el criterio mecanicista de que mientras no cambiara el régimen social no cambiaría la educación y confundía la democracia por la que luchan los obreros y campesinos con el sistema democrático-burgués. Fue Francisco Mosquera, el máximo dirigente del MOIR, sobre la base de la rica experiencia que se desarrollaba ante nuestros ojos, quien señaló el enfoque correcto del programa. A través de una serie de fructíferas discusiones abrió paso a la tesis marxista-leninista consistente en que a toda gran revolución social la antecede una profunda revolución en la cultura. Hacia mayo todos estábamos unificados ya alrededor de la nueva posición. Centenares de asambleas, miles de mítines, varios encuentros nacionales e innumerables reuniones más de masas fueron escenario, en todo el país, de apasionados debates sobre el asunto. Por doquier la Juventud Patriótica refutó la absurda afirmación trotskista según la cual los profesores y estudiantes no son más que "meros reproductores" de la ideología de las clases dominantes. Sostener que la cultura de las clases oligárquicas en el poder es invulnerable e invencible -replicamos- equivale, ni más ni menos, a hacer su apología. Toda clase opresora necesita -nos recuerda Lenin- del cura y del verdugo; pero si los esclavos modernos no empiezan por sacudirse la vieja denominación espiritual de sus explotadores -advertíamos nosotros en la polémica- cómo podrán echar por tierra su dominación política y económica? De todas las instituciones de la neo-colonial y semifeudal sociedad colombiana, como en cualquier otro tipo de sociedad, la universidad es talvez la más vulnerable, aquella es en la cual el poder de las clases dominantes es más frágil y más susceptible de ser tempranamente quebrantado. La razón es simple: es ella el escenario por excelencia del choque universal entre todas las ideologías, entre las concepciones del mundo de todas las clases sociales. Por asfixiante que sea el dogal de la antidemocracia en la enseñanza, el viento fresco de la rebelión contra los viejos dogmas y el oscurantismo, contra el servilismo frente a la opresión imperialista norteamericana, termina generalizándose entre estudiantes y profesores. Fue precisamente lo que ocurrió en 1.971. Tal crisis de la vieja educación y de la vieja cultura burgués-terrateniente, proimperialista, generó un potente movimiento de masas en el cual afloraba la nueva cultura revolucionaria
del país.
RT: ¿Esta cultura revolucionaria es la socialista, el marxismo ?
MT: No exclusivamente. La base social de ella son las clases sociales revolucionarias de Colombia: el proletariado, el campesinado, la pequeña burguesía y la burguesía nacional. Es decir, se trata de una cultura compuesta por la ideología de varias clases- sociales, las necesarias para el desarrollo nacional, y no únicamente de la cultura de la clase obrera, el socialismo. Todas estas ideologías se expresaron en el movimiento estudiantil del 71, como en general en el resto de los movimientos de masas. En cuanto los intereses generales de estas clases chocan con el dominio imperialista sobre la nación y con el régimen terrateniente, sus ideologías son suceptibles de aliarse y de conformar, en su conjunto, una cultura de nuevo tipo. Sin embargo, la consecuencia en la lucha hasta el final sólo estará asegurada si la cultura socialista proletaria logra ocupar el puesto de comando. Eso ocurrió en el movimiento del 71; debido a ello la dirección fue acertada, la correlación de fuerzas correctamente apreciada, y el estudiantado pudo arrancar al régimen de Pastrana memorables conquistas.
RT: ¿Cuáles fueron sus experiencias más importantes como partícipe de la dirección del movimiento?
MT: Realmente lo más importante fueron las contradicciones habidas entre los distintos grupos políticos participes en la dirección de la lucha en torno a un problema decisivo: la línea táctica a seguir en los momentos cruciales del conflicto. El gobierno creía que con el cierre de tantas universidades, al bloquear los centros de concentración de las masas estudiantiles, provocaría el cese de la lucha por la dispersión de los estudiantes y el retorno sumiso a clases de un movimiento en derrota. Esta creencia no la profesaba sólo el gobierno; encontró denodados defensores en ciertos sectores políticos. El Partido Comunista prosoviético –al que la rebeldía de la juventud de los años sesenta apellidó para siempre "mamerto"- publicó en su prensa, en abril y mayo, varios artículos y resoluciones exhortando al estudiantado a retornar a clases. Los mamertos sostenían que el gobierno tenía la iniciativa y que el movimiento estaba en repliegue; la dispersión, afirmaban, sólo podía superarse aceptando la reapertura de las universidades dispuesta por el gobierno. Alegaban que la actitud del gobierno era negociar, luego el estudiantado no debía "acorralarlo" sino desplegar una gran "ductilidad", retornar a las universidades y reagruparse. De esta posición, que se conoció como la del "reagrupamiento", se hicieron voceros la Juventud Comunista (JUCO) prosoviética y los trotskistas. El MOIR y su organización juvenil, la Juventud Patriótica (JUPA), adoptaron la posición diametralmente opuesta. Sostuvimos que la reapertura de las universidades sólo podía aceptarse siempre que el gobierno cumpliese la exigencia de sustituir los viejos consejos superiores por el cogobierno de estudiantes y profesores. Quienes llamaban a clases sólo veían soldados y policías por todas partes. Eran ciegos ante las oleadas de jóvenes que sólo se dispersaban para reagruparse y volver a contraatacar. No consideraban sino la acción del enemigo, no tenían en cuenta la acción real, innegable, aguerrida, de las masas estudiantiles. Estas desafiaban luchando la dura represión sin desfallecer; la dirección nacional del movimiento no podía, por consiguiente, tocar a retirada cuando el espíritu de lucha del estudiantado proseguía en ascenso, cuando el gobierno hablaba de rendición, no de negociación. Nuestra posición fue resumida en el primer número del órgano del MOIR, "Tribuna Roja", en Julio de 1.971. Los encontrados puntos de vista llevaron, inevitablemente, a la división de la dirección del movimiento; ésta se protocolizó en un tormentoso y prolongado encuentro nacional de estudiantes realizado en la segunda quincena de mayo. La suerte estaba echada; si el mamertismo y el trotskismo hubieran tenido la razón, la lucha habría cedido en unas pocas semanas y el retorno a clases habría sido irrefrenable. Felizmente, sucedió lo contrario. La Universidad de Antioquia es cerrada el 22 de abril, el 14 de junio es reabierta por el gobierno pero ese mismo día una asamblea estudiantil aprueba la continuidad del paro; el cierre de la Universidad de Tunja se produjo también el 22 de abril, la reapertura el 22 de junio pero ya hacia el 13 de julio el paro es total; La Universidad de Nariño entró en vacaciones forzosas el 28 de abril y el gobierno llamó a clases el 14 de junio, pero el primero de julio tuvo que ocuparla militarmente; situación similar se presentó en muchas otras universidades: del Cauca, de Manizales, del Atlántico, Pedagógica, de Medellín etc. Incluso donde el control -militar fue más feroz y permanente, en las universidades de Cartagena e Industrial
de Santander, los estudiantes lucharon incansablemente, hasta muy avanzado el segundo semestre. En julio, el gobierno presentó su proyecto de reforma universitaria al Congreso; ya desde el 25 de junio había dictado un decreto que los estudiantes bautizaron como el de los "rectores policías" pues les atribuía poderes discrecionales para ejercer la más arbitraria represión en los claustros. Era claro que el gobierno no controlaba la situación: el cierre de las universidades había instalado la agitación permanente en las calles y la reapertura de las mismas era casi inmediatamente rechazada por los estudiantes. Los viejos consejos superiores empezaron a desmoronarse de hecho; los re- presentantes de las apolilladas academias oficiales no volvieron; la iglesia anunció públicamente su retiro el 12 de agosto. Las dificultades crecían en las filas del gobierno; el grueso de los rectores se había negado a Servirle de ariete a su política represiva. Ello decidió a Pastrana a cancelar el congreso nacional universitario anunciado para mediados de año. El ministro de educación Luis Carlos Galán, cuya estulticia sólo era superada por su demagogia, no paró de cometer un error tras otro: en marzo, durante las conversaciones que sostuvo con él la dirección del movimiento, el buen hombre creyó que bastaría su interminable charlatanería sobre la educación rural para que las movilizaciones cesaran por cansancio; en julio, durante la presentación de las posiciones de estudiantes y profesores sobre la reforma universitaria en la comisión quinta del Senado, tuvo el candor de aspirar a convencerlos de las bondades de la reforma del gobierno logrando sólo convertirse en blanco de sus justas iras; en la misma ocasión aculó a los profesores de ser los responsables de las "corruptelas" malversadoras de los fondos de la Universidad Nacional. Lógicamente, el profesorado reaccionó ante la injusta ofensa polarizándose en masa hacia las posiciones del estudiantado. Desde agosto, una parte de la gran prensa inició una andanada de críticas contra la deplorable gestión del ministro. El 16 del mismo mes fue reabierta la Universidad Nacional; con el reinicio de las clases sólo estaban de acuerdo el gobierno, un grupito de derecha del Opus Dei y la JUCO. La normalidad académica, lejos de restablecerse, cedió el paso aun repudio generalizado del nuevo fantoche colocado por Pastrana Borrero en la rectoría, Santiago Fonseca, cuya expulsión ignominiosa del campus realizó una rugiente multitud de estudiantes el 23 de septiembre. El órgano del Partido Comunista vociferó que la acción había sido instigada por elementos del DAS; en los días siguientes el mismo periódico, "Voz" mamerta, ardió en hogueras prendidas por mítines estudiantiles. Tras nueve meses, el movimiento alcanzaba un nuevo clímax. Una nueva oleada de manifestaciones y enfrentamientos callejeros recorrió el país. Los más violentos tuvieron lugar en Medellín y Barranquilla. Otro encuentro nacional, el séptimo de este convulsionado año, sesionó en predios de la Ciudad Universitaria de Bogotá y acordó jornadas nacionales de solidaridad con la Nacional. Desmintiendo la especie de que la lucha había sido instigada por "minorías subversivas"-expresión que Pastrana Borrero copió servilmente de Nixon-, lo cierto para la opinión pública era el hecho de qué había tomado posición, frente al gobierno y contra él, toda la universidad. El aislamiento de los rectores policías en las Universidades Nacional y de Antioquía era total. A ojos vista, no era cosa buena para la estabilidad de un gobierno de origen ostensiblemente fraudulento, que mucho antes de cumplir su primer año había reimplantado el estado de sitio y dado muestras de su celo en la preservación del orden oligárquico, la permanencia de un conflicto como el universitario. Que, lejos de inclinar la cabeza manifestaba nuevos y redoblados bríos, insospechables en un movimiento que llevaba ya casi un año. El interés más general del régimen bien valía la adopción - eminentemente temporal, desde luego de una política de transacción con los revoltosos. Así, en la última semana de septiembre surgió en el gobierno la idea de transar con el estudiantado a través de una comisión de notables de los círculos académicos. Más de 20 días después de intrincadas negociaciones entre los representantes del gobierno y los de los estudiantes, se produjo el acuerdo. El 23 de octubre fue expedido el decreto oficial que constituía el nuevo gobierno universitario. Exceptuando al gobierno, en el nuevo consejo superior de la Universidad Nacional fue suprimida la participación de todos los sectores extrauniversitarios. Se componía del ministro de educación o el rector, cuatro decanos, dos estudiantes, dos profesores y un exalumno. Las elecciones de los representantes estudiantiles se realizaron a mediados de noviembre. El MOIR y la Juventud Patriótica habían señalado la conveniencia de la negociación con el gobierno puesto que en esta ocasión sí existían condiciones para ello; el éxito de la misma había corroborado el acierto de esta orientación. Los candidatos de la organización estudiantil, Uriel Ramírez y Juan José Arango, dirigentes de la JUPA, obtuvieron alrededor de 5.000 votos, la mayor votación, saliendo elegidos al nuevo consejo superior. Los mamertos, por su parte, apenas obtuvieron la misma votación que el grupito del Opus Dei: unos 800 votos. El veredicto del estudiantado sobre las fuerzas políticas fue más elocuente y rotundo que todas las especulaciones e infundios del gobierno, el mamertismo y el trotskismo. A fin de año, los estudiantes de la Universidad de Antioquía arrancaron al gobierno un acuerdo similar al de ja Nacional. El nuevo consejo superior se constituyó en esa universidad a comienzos de 1.972. Allí, también los dos representantes del estudiantado al cogobierno, elegidos por una gran votación, eran miembros de la JUPA; uno de ellos, el presidente del consejo estudiantil, Amílcar Acosta. Por muchos conceptos, el movimiento del 71 es un modelo vivo, una lección vigente, de táctica revolucionaria. La doble conquista del cogobiemo en las universidades Nacional y de Antioquía fue una histórica victoria de la juventud y el pueblo.
RT: Pero ambos fueron suprimidos por el gobierno de Pastrana Borrero muy pronto, antes de terminarse el primer semestre de 1.972; ¿Cómo puede explicar tal tropiezo?
MT: El primer factor que explica aquel descalabro era el estado de confusión y de desorganización reinantes entre el estudiantado. A ello contribuyeron decisivamente el mamertismo y las secta extremoizquierdistas coligados quienes atacaron al cogobierno tanto como el propio régimen. De otra parte, estos mismos grupos, desataron contra el MOIR y la Juventud Patriótica una feroz campaña, por que tomamos la decisión de participar en la lucha electoral; sus ataques calaron principalmente en las universidades por lo generalizado de los prejuicios abstencionistas en la masa estudiantil. Hoy sonreímos viendo cómo varios de nuestros más acerbos críticos de entonces –quienes nos acusaron de "traición al movimiento juvenil y a la revolución"-han ido a parar en deplorable estado al regazo de viejos maestros liberales como Gerardo Molina o simplemente engordan las filas de la burocracia oficial más obsecuente. El cogobierno sucumbió así entre el fuego cruzado del gobierno, que propalaba la inmadurez y la falta de preparación de los "revoltosos" para ejercer la dirección de la universidad, y de la JUCO y el ultraizquierdismo de otra parte, que lo tildaron de burocrático y reformista. En su efímera vida, no obstante, el cogobiemo dejó la impronta indeleble de la revolución en los anales del manejo de la universidad colombiana. Los consejos superiores universitarios de las universidades Nacional y de Antioquía aprobaron por mayoría el repudio a la reforma universitaria del gobierno de Pastrana cuyo proyecto de ley cursaba en el Congreso. También por mayoría suspendieron la vigencia de los contrato de las dos universidades con entidades extranjeras como el BID. Los mismos consejos aumentaron el presupuesto de sus respectivas universidades, ampliaron el cupo de matrículas, mejoraron el bienestar estudiantil, reintegraron estudiantes y profesores expulsados y destituídos por su posición de lucha y promovieron el nombramiento democrático de decanos y directores de departamento. Existe acaso mejor precedente de autonomía universitaria, de cejo por la democracia en la educación y por el interés nacional ?. El cogobiemo sólo tuvo tiempo de realizar una labor preparatoria y allanar algunos obstáculos. No pudo ni siquiera empezar su papel más importante como instrumento de la revolución: la tarea de determinar el contenido de la enseñanza, función clave que siempre ha retenido el Estado oligáquico. La supresión del cogobiemo conquistado por esa lucha no demuestra, como algunos dicen, la inutilidad de esa reivindicación. Lo único que corrobora una vez más es que el mantenimiento de las conquistas revolucionarias dependerá siempre de que las masas se movilicen a defenderlas.
RT: ¿Cuál es Su opinión sobre la situación del movimiento estudiantil colombiano en la actualidad ?
MT: Varias cosas podrían responderse sobre esa pregunta; bástenos por ahora con lo siguiente: el reflujo de años que caracteriza a este sector de masas, manifestado en la carencia de organización nacional, en el adocenamiento e inclusive en el apoliticismo y la difusión de las antiguallas liberales, data de cuando el Partido Comunista respaldó el gobierno de López; en la universidad ello tuvo su expresión en el apoyo que promovieron los mamertos en torno al rector "marxista" Luis Carlos Pérez. Este reflujo, como el del movimiento popular en su conjunto, no será eterno. La juventud estudiosa del país proseguirá su marcha revolucionaria por la brecha abierta por el movimiento estudiantil del 71.

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